Asiento 25

Esa noche tormentosa, mientras las gotas de lluvia chocaban súbitamente contra el autobús, en el asiento 25, las lágrimas de un alma rota rodaban hasta caer al suelo. Los segundos se convirtieron en eternidad y los kilómetros recorridos en lejanía agonizante; pues mientras más se alejaba de ese último abrazo y ese tierno y sublime beso, su alma se rompía más.

La oscuridad interna se funcionaba con la externa del camino, el sonido de los neumáticos partiendo el agua en dos mientras hacia su recorrido por ese camino desolado y lleno de historias sin contar, eran toda la compañía de ese ser que habitaba por un corto tiempo en ese asiento 25; ese que consolaba escasamente, la tristeza y dolor de ese trastornado ser.

Y en un abrir y cerrar de ojos, entre suspiro y respiro, su aroma invadió cada rincón de ese autobús, y los recuerdos hicieron acto de presencia inmediatamente, uno a uno en su mente y corazón; cada caricia, cada beso, cada palabra, cada sonrisa y cada muestra de amor se hacían presentes en su piel, en sus labios y en su mente. Todo era tan real. Ese asiento se convirtió en una maquina del tiempo, una tan perfecta como cada recuerdo que vivió y compartió con la Luna.

La distancia llegó a su fin, el asiento 25 dejó de albergar las lágrimas de ese ser con alma rota; y debajo de la lluvia, encontró el mejor disfraz para cubrir sus lágrimas llenas de amor y tristeza. Allí, mientras se dejaba abrazar por la lluvia, repetía en su mente ese momento, ese instante del último abrazo y último beso, haciendo de él algo perpetuo y eterno, algo que podía palpar y sentir, algo, que pudiera durar toda una vida, y mil vidas más.

Al llegar a su hogar, empapado en lágrimas y lluvia, entró a su habitación, se despojó de si, se sumergió en su cama y soñó; soñó con ellos, juntos, siendo suyos, amándose con fuerza y sin miedos, así como eran.

Pero el sueño termino, el sol tocó su piel, y al abrir sus ojos, todo se sentía lejano y frío. Absorto de si mismo se levantó, y al verse al espejo, sabía que algo en él se había perdido, algo en él era diferente, se dio cuenta que los pedazos de su alma se habían quedado allí, en el asiento número 25; y que ahora, sería un ser sin ella, sin alma, sin luna, sin vida.
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